“Solamente
temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad
cuán grandes cosas he hecho por vosotros. Mas si perseveréis en hacer mal,
pereceréis” (1 Sam. 12:24, 25).
Últimamente
he hablado con cuatro personas en distintas lugares que han salido de la droga.
Se ven vidas cambiadas por el poder de Dios. Han dado testimonio de cómo Cristo
les ha salvado y, ¿sabes una cosa?, las cuatro tenían una cosa en común; tenían
temor a Dios. ¡En los cuatro casos ha sido por lo que sus madres les habían
enseñado! Tres de ellos tenían madres católicos y uno, una madre evangélica,
pero las cuatro enseñaron a sus hijos a temer a Dios, y este temor se quedó con
ellos. No se puede menospreciar la enseñanza de una madre. Con el tiempo dará
su fruto. Y vemos que no se puede juzgar a una persona. No sabes si, dentro del
corazón de este que está engañando y robando, hay un sincero temor a Dios y un
deseo de encontrarle. Estas son las personas que eventualmente encentren a
Dios. El Señor Jesús dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores,
al arrepentimiento” (Mat. 9:13).
¡Las personas que se ven buenas no necesitan a un Salvador!
El
temor a Dios es muy importante. Es la base. Por él entendemos no el miedo a
Dios, sino un sano respecto, un temor a las consecuencias de
desobedecerle. “Solamente temed a
Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán
grandes cosas he hecho por vosotros. Más si perseveréis en hacer mal, pereceréis”.
El temor a Dios es el comienzo de un camino que conduce a mucho bien. El paso
siguiente es servirle fielmente con todo nuestro corazón. Esto nos va a
conducir a una vida de servicio motivado por la gratitud. Cuando consideramos
todo lo que ha hecho el Señor por nosotros deseamos corresponderle. ¿Qué había
hecho Dios por Israel? Los había sacado de la esclavitud de Egipto. Había
abierto el Mar Rojo para que pudiesen pasar en tierra seca. Los había sostenido
en el desierto con maná del cielo y agua de la Roca. Los había entrado en la
Tierra Prometido y les había dado victoria sobre todos sus enemigos. Tenían
muchos motivos para estar agradecidos. Pero si uno pierde el temor a Dios,
fácilmente cae en el pecado. Por eso viene el aviso solemne de no perseverar en
el mal, porque las consecuencias serían devastadoras.
¿Y qué concluimos? Que el Señor ha hecho
grandes cosas por nosotros también. Podemos parar a repasarlos hasta que
nuestro corazón rebose de gratitud. Luego, motivados con el sincero deseo de
corresponder, vamos a temerle y servirle con todo nuestro corazón.