“Si algo se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo, pero si alguno ama a Dios, es conocido por él” (1 Cor. 8:2, 3).
No es cuestión de saber, sino de amar. Uno puede tener muchas ideas claras, pero esto no es lo que importa. Lo que importa es amar a Dios. Dios conoce a los que le amen. No conoce a los que tienen la doctrina clara, necesariamente. Puede que sí y puede que no; el factor determinante es si amamos a Dios. Los hay que tienen grandes conocimientos de material religioso: “El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (v. 1), pero este no es el factor decisivo. Y en cuanto a la salvación, el amor al Señor es imprescindible. Es la marca del creyente.
La definición de un creyente es alguien que ama al Señor. Puede ser que es nueva en la fe y aún no sabe muchas cosas, pero si ama al Señor es suficiente para estar en su familia. El amor al Señor viene del Espíritu Santo quien nos revela a Jesús para que no solamente creamos en él, sino que le amemos. ¿Cómo podemos amar a una persona que nunca hemos visto? Cuando venimos a la cruz cargados de pecado, creyendo que estamos condenados, sin saber como vamos a escapar de esta condenación, y Dios nos revela que Cristo sufrió nuestra condenación; cuando él quita la carga de culpa de nuestras espaldas, cuando nos sentimos aceptados por Dios, perdonados y amados, le amamos a Cristo, por lo que hecho por nosotros.
Si no le amamos, nunca nos hemos sentidos perdidos, terriblemente perdidos sin esperanza alguna de salvación. Nunca hemos visto a Cristo clavado en la cruz por amor a nosotros. Nunca hemos sentido el alivio y la liberación de su perdón. Esta persona no es salva. La que lo es, es “conocido por Dios”. Dios conoce a los que le amen. Lo valora. Es agradecido. Los reconoce como suyos.
Ser conocido por Dios es haber sido escogido por Él para formar parte de su familia y es haber respondido a este amor. “Nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santo y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Ef. 1: 4, 5). ¡Aquí hay mucho amor!
