“¿Os es poco que el Dios de Israel os haya apartado de la congregación de Israel, acercándoos a él para que ministréis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y estéis delante de la congregación para ministrarles?” (Núm. 16: 9).
Coré, por motivos de vana gloria, aspiró a obtener un lugar más importante en la congregación de Israel que el que Dios le había dado. Ya era levita y ministraba en este oficio, pero tenía celos de Aarón y quería ser sacerdote. Coré dijo a Moisés y Aarón: “¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?” (v. 3). Suena muy espiritual: “Todos somos santos, todos somos iguales, incluyéndoos a vosotros ¿Por qué, entonces, os ponéis sobre nosotros?” La pregunta está hecha con toda la mala idea. ¡Acusa a Moisés de ambición egoísta!
¿Quién había escogido a Moisés a liderar la congregación de Israel, Moisés
mismo o Dios? Esta pregunta exige una respuesta de parte de Dios. Moisés
no puede defenderse, Dios tiene que hacer constar que ha sido Él. Es muy grave
cuando uno exige una respuesta de Dios. ¿No había suficiente evidencia ya de
que Dios había escogido a Moisés?
No solamente había desafiado Coré la autoridad de Moisés, había puesto a 250 líderes de Israel en contra de él, creando una división en la asamblea. Como veremos luego, la congregación entera tomó partes en el asunto.
Este Coré era muy perverso. Cuando Moisés le convocó, no quiso ir y de dijo: “¿Es poco que nos hayas hecho venir de una tierra que destila leche y miel, para hacernos morir en el desierto, sino que también te enseñorees de nosotros imperiosamente?” (v. 13). ¡Refiere a Egipto como “tierra de leche y miel”!, y dice que fue Moisés quien les sacó de allí ¡con el fin de matarlos en el desierto! Y que ¡Moisés mismo se había puesto como príncipe sobre la congregación! ¡Qué hombre! Luego dice: “Ni tampoco nos has metido tú en tierra que fluya lecho y miel, ni nos has dado heredades de tierra y viñas. ¿Sacarás los ojos de estos hombres? No subiremos.” (v. 14). No se presentó. Se obstina y se rebela.
“Y dijo Moisés: En esto conoceréis que Jehová me ha enviado para que
hiciese todas estas cosas, y que nos las hice de propia voluntad. (…) Si la
tierra abriere su boca y los tragare con todas sus cosas,… entonces conoceréis
que estos hombres irritaron a Jehová” (v. 28-30). Y así fue. Pero no terminó allí con la
muerte de estos 250, sino que “el día siguiente, toda la congregación
murmuró contra Moisés y Aarón, diciendo: Vosotros habéis dado muerte al pueblo
de Jehová” (v. 41). Esto provocó a ira al Señor de tal forma que envió una
plaga y murieron 14,700. Esto es el resultado de la egoísta ambición de un
hombre que tuvo celos de Moisés y Aarón, despreciando el ministerio que Dios le
había dado, queriendo tener un lugar más prominente en Israel. Era inteligente,
popular y tenía muchos seguidores; usó argumentos aparentemente espirituales
para justificar sus pretensiones, y causo la muerte de un total de 14, 950
hombres.
