“Venga
a mí tu misericordia, oh Jehová, tu salvación, conforme a tu dicho, y daré por
respuesta a mi avergonzador que en tu palabra he confiado” (Salmo 119:41, 42).
En
cuanto al enemigo: El
enemigo nos pregunta porqué Dios nos ha dejado en la destacada. ¿Dónde está?
¿Por qué no nos ha salvado del dilema presente? La gente nos mira, y nos
sentimos avergonzados. Tenemos vergüenza porque parece que hemos fallado, o que
Dios ha fallado, o ambas cosas. Dios no nos ha librado y estamos mal. Este es
lo que el enemigo quiere, que nos sintamos avergonzados. Ni otras personas, ni
problemas, ni persecución, ni enfermedades, ni nada puede llegar a lo más
profundo de nuestro ser, solo Dios, y solo cuestiones que tienen que ver con si
nos salva o nos abandona. Allí está el dolor del alma, y allí es donde el
enemigo pretende llegar con sus dudas. Nosotros le hemos de frenar. ¿Cómo vamos
a responder al acusador, el que nos hace sentirnos avergonzados? Vamos a
decirle que estamos confiando en la Palabra de Dios, la palabra que el Señor
nos ha dado, y que su salvación llegará: “y daré por respuesta a mi
avergonzador que en tu palabra he confiado”.
En
cuanto al Señor: En
cuanto al Señor, le pedimos que venga su misericordia y su salvación: “Venga a
mi tu misericordia, oh Jehová, tu salvación, conforme a tu dicho”. Clamamos
pidiendo que nos salve ahora de nuestro problema. Otro salmista lo expresó así:
“Cansado estoy de llamar; me garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis
ojos esperando a mi Dios, pero yo a ti oraba, oh Jehová, al tiempo de tu buena
voluntad, oh Dios, por la abundancia de tu misericordia, por la verdad de tu
salvación, escúchame. Sácame del lodo, y no sea yo sumergido; sea yo libertado
de los que me aborrecen, y de lo profundo de la aguas” (Salmo 69:3, 13, 14).
Esto es lo que le pedimos al Señor, que nos salve según su misericordia, y
según la promesa de su Palabra.