“Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:4). “El que bebe del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Juan 4: 14).
Lo que satisface la necesidad emocional, personal, social y espiritual es más que conocer a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Este es solo el inicio. Lo que Jesús le ofrecía era más que la salvación de su alma, le ofrecía “el agua”. ¿Esta agua qué es? Es el Espíritu Santo. ¡Curioso que el Señor no le ofreció el perdón de sus pecados!, (¡ni un marido perfecto!), sino el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo, ¿qué da? Tenerle en plenitud es lo que te completa como persona. Una vez perdonados necesitamos saber quiénes somos, es decir, tener identidad, saber que somos aceptados en Cristo, que somos hijos amados de Dios, que formamos parte de una familia que es nuestra nueva sociedad. Necesitamos ir entendiendo las verdades espirituales. Necesitamos encontrar nuestro lugar: ubicación, estabilidad emocional. Necesitamos paz, seguridad, calma y sentirnos cuidados. Necesitamos comunicación, sentirnos comprendidos, ¡el final de nuestra soledad! Necesitamos sentirnos valorados, apreciados. Necesitamos sentirnos útiles, con dones y ministerios productivos. Necesitamos la sanidad de todas las heridas de nuestro pasado y encontrar libertad de nuestras esclavitudes. Necesitamos ir cambiando y madurando en los rincones escondidos de nuestra personalidad. Necesitamos ilusión, un futuro y una esperanza. Todas estas necesidades y más, nos las llena el Espíritu Santo a la medida que le admitimos a estas partes de nuestro interior. No es automático al ser bautizados en Él. Es paulatino al ir bebiendo de esta agua que Jesús ofrece. Él es la Roca que nos va siguiendo por el desierto, abriéndose para satisfacer nuestra sed con su Espíritu. Bebe, bebe, y bebe (1 Corintios 12:13).
